¿Cuáles son las consecuencias mediambientales y sociales de la desertización rural? La concentración de la población en las ciudades tiene un sinfín de consecuencias ambientales asociadas que empeoran la crisis climática, la pérdida de biodiversidad, la contaminación, etc. Estas consecuencias son muchas. Algunas, muy visibles. Otras, más indirectas. Pero todas ellas dirigen nuestro planeta hacia el colapso de una manera o de otra. A continuación, enumeramos algunos de estos problemas derivados de la desertización rural. Este artículo aparecerá en un próximo monográfico de The Ecologist íntegramente dedicado a la desertización rural. Un trabajo conjunto de varios redactores de The Ecologist.

DESPOBLACIÓN RURAL Las consecuencias medioambientales y sociales de la desertización rural

 
 

Lunes 10 de Diciembre de 2018

 
 
 

 


 

La concentración de la población en las ciudades tiene un sinfín de consecuencias ambientales asociadas que empeoran la crisis climática, la pérdida de biodiversidad, la contaminación, etc. Estas consecuencias son muchas. Algunas, muy visibles. Otras, más indirectas. Pero todas ellas dirigen nuestro planeta hacia el colapso de una manera o de otra. A continuación, enumeramos algunos de estos problemas derivados de la desertización rural. este artículo aparecerá en un próximo monográfico de The Ecologist íntegramente dedicado a la desertización rural. Un trabajo conjunto de varios redactores de The Ecologist.

a) Importación de alimentos. La desertización poblacional conlleva una serie de consecuencias de aspectos negativos. Se abandonan los cultivos, pastos y bosques, y, por tanto, se dejan de producir los alimentos en las áreas locales. La desertización rural conlleva el hecho de que cada vez se produzcan menos alimentos en la zona y se tengan que importar. Lo que conlleva, a su vez, una mayor dependencia de combustibles fósiles, una mayor emisión de gases de efecto invernadero y una pérdida absoluta de sabores y tradiciones culinarias e identitarias… Según leemos en el Programa de Acción Global, de la Junta de Andalucía, “todos los grandes retos a los que se enfrenta hoy la humanidad para avanzar hacia el logro de un futuro sostenible –ya sea erradicar la pobreza extrema y el hambre, conseguir la educación universal, la igualdad entre los géneros, reducir la pérdida de biodiversidad y otros recursos medioambientales, etc.- exigen una atención prioritaria al desarrollo rural. De hecho la necesidad del desarrollo rural se asocia, habitualmente, a la existencia de graves problemas que afectan a quienes viven en este medio, particularmente en los países en desarrollo, pero también en los países llamados desarrollados”. Proteger y conservar la capacidad de la base de recursos naturales para seguir proporcionando servicios de producción, ambientales y culturales, es básico. La producción sostenible en cada área es una buena parte del trabajo, porque lo demás, la importación masiva de alimentos, conlleva un gran problema medioambiental directo e indirecto.

b) Pérdida de biodiversidad. Si se abandonan los cultivos tradicionales se pierde biodiversidad. Por un lado, se pierden especies vegetales y animales autóctonas. Estas especies, muy rústicas, serían muy válidas a la hora de afrontar hipotéticas crisis climáticas. Las especies adaptadas a la zona son sustituidas por otras variedades más productivas en monocultivos o, simplemente, desaparece la actividad agraria en las zonas afectadas y, obviamente, desparece también las especies que la sustentaban.  El sindicato gallego Unións Agrarias (UU AA), según informaron recientemente varios medios, ha advertido de que la desaparición de la actividad agraria, y el consiguiente abandono de campos de cultivo y árboles frutales en el medio rural, provocan la desaparición de ciertas especies autóctonas de Galicia, como la raza bovina cachena o el cerdo gallego. "El peor desastre ecológico en el rural es el abandono y la despoblación", alerta UU AA, organización sindical que presentó recientemente una guía de buenas prácticas para promover la conservación de las razas rústicas.
 


c) Erosión. Según datos del MAPA, en cerca del 50% del territorio (22 millones de Has) la intensidad del proceso erosivo supera lo tolerable. Las pérdidas medias se sitúan en 2,41 Tm/Ha/año. La existencia de cultivos permanentes en secano en zonas de topografía complicada contribuye a evitar la erosión, a mantener el paisaje y la biodiversidad. Es necesario el mantenimiento de dichos cultivos y el fomento de la agricultura de conservación. Según el MAPA, el abandono de tierras contribuye a la desertificación de las tierras. Las siguientes condiciones particulares propias de amplias zonas de España y de la región mediterránea están asociadas a los procesos de desertificación:
1.     Clima semiárido en grandes zonas, sequías estacionales, extrema variabilidad de las lluvias y lluvias súbitas de gran intensidad
2.     Suelos pobres con marcada tendencia a la erosión
3.     Relieve desigual, con laderas escarpadas y paisajes muy diversificados
4.     Pérdidas de la cubierta forestal a causa de repetidos incendios de bosques (algo muy relacionado con el éxodo rural)
5.     Crisis en la agricultura tradicional, con el consiguiente abandono de tierras y deterioro del suelo y de las estructuras de conservación del agua.
6.     Ocasional explotación insostenible de los recursos hídricos subterráneos, contaminación química y salinización de acuíferos, a causa de la agricultura industrial, que también conlleva éxodo rural
 


d) Más incendios. Otro de los problemas ambientales característicos de este país son los derivados del alto grado de incendios (una media anual de 105.000 Has). La despoblación rural provoca que los bosques no se cuiden, que el ganado no se coma los arbustos y que una gran parte del bosque sea fácilmente incendiable. Pero el pez se muerde la cola. El incendio provoca desertización, la desertización calienta el clima, la crisis climática provoca más incendios… El abandono de los usos tradicionales de la agricultura y la ganadería acentúan el mal endémico de los incendios estivales en la cuenca mediterránea. «Ni se llevan animales al monte, ni se trae matorral para cuadras, ni madera para los hornos. Todo se ha dejado al abandono o para madera», lamenta un vecino de Castanheira de Pêra, localidad portuguesa también comida por el fuego hace dos años  y que cuenta con apenas tres mil habitantes. Uno de cada tres tiene más de 65 años, grupo de edad que era el más minoritario allí en 1970. En la limpieza de los montes el ganado tiene una gran responsabilidad. “En el momento que el ramoneo desaparece en los bosques ese bosque pasa a ser un maremágnum de matorrales y se carga de combustible”, nos advierte Maite Echeverría, experta en el tema, que afirma: “El animal tendría que volver a la naturaleza, no solo por calidad, sino por las interrelaciones con el suelo, con la vegetación, con el abono natural…”.

e) Degradación de paisajes y pérdidas de paisajes agrarios y saberes ancestrales. Los paisajes agrarios, despoblados, se distorsionan. Los muros se caen. La vegetación lo cubre todo. La niebla de la ignorancia se cierne sobre tradiciones, usos, herramientas… que servían para muchas cosas de una forma sostenible. Sin esos saberes, las soluciones ambientales a los problemas actuales se complican. Con las pérdida del paisaje, el vacío se llena de ignorancia. Un texto de Miguel Ángel García en “El País” avisa: “El 85% del territorio de Guadalajara tiene la misma densidad de población que Siberia o las Tierras Altas escocesas. Hay comarcas concretas que incluso menos. Son pueblos donde la noche, negra y dura, cae a plomo, las escuelas desaparecen y los niños se vuelven tan raros como el almizcle. Los sociólogos llaman a estos no-lugares desiertos demográficos y revelan uno de los mayores problemas de España. La pérdida de población de las zonas rurales es un pequeño gran genocidio cultural. El novelista Julio Llamazares, quien ha escrito decenas de páginas sobre el olvido de ese mundo, alerta del drama y de sus consecuencias. Se pierde el orgullo, la ilusión, la dignidad, el paisaje, y se borra la memoria’”.

f) Insostenibilidad. La concentración de cada vez más personas en áreas urbanas complica la sostenibilidad de la sociedad. Por más sostenibles que fueran esas ciudades, la cantidad importa. No es sostenible millones de personas hacinadas en poco espacio de terreno. Los problemas ambientales de la despoblación rural ocurren también a muchos quilómetros de los ámbitos rurales, como en el caso de los recursos hídricos, solo uno de los muchísimos ejemplos. Un texto de “Sequía en un mundo de agua” nos advierte: “A principios del siglo XXI las grandes ciudades continúan obteniendo recursos de los ambientes vecinos. El agua es uno de los ejemplos más ilustrativos. Crecientemente, las megaurbes extraen aguas de los ríos y acuíferos pertenecientes a municipios adyacentes, relegando a un segundo plano las necesidades de las comunidades locales, que a menudo no tienen voz ni voto en la toma de decisiones. Aún en los casos en que las poblaciones afectadas se movilizan y protestan, las autoridades metropolitanas hacen valer su poder político, y, finalmente, los proyectos son autorizados y ejecutados. Un típico ejemplo de esta situación se dio en la ciudad de Los Ángeles cuando se apoderó de las aguas de río Owens contra la voluntad de los habitantes del valle de este curso fluvial”. Esas actuaciones acarrean otros problemas medioambientales derivados, como el bajo caudal de agua, que hace desaparecer muchas especies.
 


g) Destrucción de la eco-nomía. La destrucción de la eco-nomía local conlleva, siempre, la derivación de capitales a cada vez un menor número de manos: mayor concentración, más monopolios… Y esto son malas noticias para la naturaleza. En lo agrario, por ejemplo, si desaparecen los campesinos, y creamos un campo de obreros agrarios que trabajan para empresas grandes, son las multinacionales corporaciones del agro con sus semillas transgénicas, sus pesticidas y sus insumos petrodependientes las que salen favorecidas. Al final, la tierra vuelve a perder. Sin una clase rural campesina fuerte y cohesionada, el mal que engendran las grandes empresas del agro campa a sus anchas con sus funestas consecuencias para la diversidad y la vida. Ken Roseboro ha dicho: “Las corporaciones de biotecnología monopolizan los mercados de semillas, incrementan los precios y eliminan las opciones de los campesinos. La introducción de las cosechas genéticamente manipuladas (GM) ha correspondido con la creciente monopolización de la semilla por parte de las corporaciones de biotecnología; y mayores costos de las semillas. Esto ha llevado a tragedias en algunos países, mientras eliminan las semillas convencionales no GM y reducen las opciones semilleras de los agricultores. Estos impactos están siendo vistos en USA, Brasil, India, Filipinas, Sudáfrica y Europa”. Vamos hacia un mundo rural sin campesinos, donde obreros del campo, al servicio de grandes empresas, trabajan en pro de una economía globalizada que destruye la economía local, saca a las gentes de sus casas y los lleva a vivir a suburbios infrahumanos de ciudades cada vez más colosales, pero podridas por dentro.

h) Mala calidad de vida. La mala calidad de vida de los habitantes que residen en los pueblos cada vez más degradados es, también, uno de los problemas medioambientales a tener en cuenta como consecuencia de la despoblación rural. Se pierde la alegría, las ganas de vivir, se pierden servicios esenciales, impera sólo la vejez… ¿Qué pasa? ¿No somos nosotros medio ambiente también?  Leemos en “Agronegocios”: “El mayor envejecimiento de las poblaciones rurales genera un problema de dependencia superior al del conjunto de la población española. Algunas características del medio rural ponen de manifiesto factores de riesgo y aumentan la vulnerabilidad del proceso de envejecimiento. La mayor dispersión de centros asistenciales, sanitarios y de servicios y  las carencias de infraestructuras de transporte público hace que la necesidad de transporte privado sea alta, lo que limita especialmente a las personas mayores. Las carencias de habitabilidad referidas a la accesibilidad, y la ausencia de algunos servicios básicos, representan un grave problema para envejecer en casa”. Todo ello representa un drama personal y familiar para millones de personas en todo el planeta. Y, a veces, para países enteros.

i) Pérdida de patrimonio. Con la despoblación rural se pierden tesoros patrimoniales. Los bandidos acechan y actúan ante el silencio y la dejadez institucional. Los muros se van cayendo poco a poco sin que nadie haga nada para evitarlo. “Sin duda, ese es uno de los valores que todos, independientemente de donde vivamos, no nos deberíamos permitir perder. No podemos privar a las futuras generaciones de ese ingente patrimonio, porque esas son nuestras raíces. Nuestra arquitectura popular, nuestras tradiciones y costumbres, nuestros paisajes y nuestra agricultura son nuestro modo de vida. Por eso, suelo decir que hay que empezar por dignificar la vida en los pueblos para que la gente se plantee regresar o ir a vivir a los pueblos. Desde la Diputación de Zaragoza apostamos por mantener nuestra cultura, nuestro patrimonio, nuestras tradiciones, nuestra naturaleza y nuestra economía. Hemos conseguido llevar el debate de la despoblación a la agenda de los medios y de las instituciones, pero no pararemos hasta convertirlo en una cuestión de Estado, hasta que desde la administración central y desde Europa no se reconozca la idiosincrasia de esta provincia y se premie a las personas que, a pesar de todo, siguen apostando por habitar nuestros pueblos” (Juan Antonio Sánchez Quero, presidente de la Comisión de Despoblación de la FEMP y de la Diputación Provincial de Zaragoza).

j) Alimentos para animales silvestres. La proliferación sin control de algunas especies vegetales también provoca una disminución de la biodiversidad al no dejar espacio para el crecimiento de otras plantas que a su vez son alimento de especies animales silvestres. Con gente en los campos y agricultores activos se pueden llevar a cabo inciativas que, con el éxodo rural, quedan fuera de juego. La Fundació Assut y SEO/BirdLife han puesto en marcha en L’Albufera el proyecto “Arrozales de paso”, una iniciativa que aprovecha los arrozales fallidos de cada campaña para crear espacios de alimentación y descanso para las aves migratorias. Entre julio y octubre, varios miles de limícolas de diferentes especies, algunas de ellas amenazadas, además de muchos centenares de flamencos, moritos, patos y otras aves acuáticas, van a verse favorecidos por la medida. En el proyecto, que cuenta en este primer año con el apoyo de la empresa Gracomsa Alimentaria, colaboran también varios agricultores locales, quienes, a su vez, reconocen los beneficios para el arrozal. Sin esos agricultores en la agricultura activa, la iniciativa no se podría llevar a cabo.

k) Pérdida de recursos hídricos. El abandono rural y la despoblación agraria conllevan que malbaratemos nuestros recursos hídricos, aunque pueda parecer lo contrario. “Tenemos que intervenir en la naturaleza gestionando el monte para que nos dé los servicios que queremos que nos dé, y los que no queremos que no nos los dé. Este asilvestramiento está implicando que tenemos menos agua en los ríos, un 20% menos en los últimos 25 años. ¿Eso nos interesa? Hay que gestionarlo” (José Manuel Nicolau, experto en recursos hídricos). Perdemos agua y humedad con el asilvestramiento. Y los recursos tradicionales aplicados al agua, como acequias o aljibes, se derrumban. Todo ello provoca calentamiento global que, sumado a los incendios, provoca más crisis climática aún y, por consiguiente, menos recursos fluviales y menor aprovechamiento de ellos. Nicolau insiste: “Como dice la gente de los pueblos, ‘el monte se está vistiendo’ de vegetación. Está aumentando la cobertura vegetal, la biomasa. Se está asilvestrando el monte y eso hay que gestionarlo, porque ese asilvestramiento tiene efectos positivos pero otros negativos, que se manifiestan en pérdida de recursos, también hídricos, por contradictorio que parezca”.


“La destrucción de la eco-nomía local conlleva, siempre, la derivación de capitales a cada vez un menor número de manos: mayor concentración, más monopolios… Y esto son malas noticias para la natural



l) Urbanización descontrolada. El éxodo rural comporta caos urbanístico aquí y allá. En las ciudades que se convierten en destino de grandes migraciones se produce un efecto aluvión que provoca urbanismo ácrata. Este urbanismo sin control, precipitado, por acelerado, tiene impactos medioambientales y paisajísticos muy negativos. Pero en las zonas de origen de las migraciones, en sus ámbitos rurales, también ocurre ese efecto. Pues no pocas veces los migrantes, una vez ya aposentados, construyen una segunda residencia en su pueblo de origen. Esto es muy claramente visible en muchas zonas de Marruecos, por ejemplo. Javier A Gutiérrez M y Maryori Y. Reyes M. han escrito: “Se estima que de cada 10 habitantes de las ciudades más importantes de Venezuela 3 proceden del éxodo rural de primer o segundo grado, esto a consecuencia del grado de abandono y deterioro de las poblaciones rurales, lo que ha provocado el éxodo incontrolable hacia las ciudades generando ese crecimiento anárquico que representan los barrios y los cinturones de miseria que adornan el país: ciudadanos que hasta ayer producían alimentos para ellos y el resto de la sociedad y que ahora se han convertido en seres improductivos asalariados o subempleados (si consiguen un empleo, en el mejor de los casos) que exigen un espacio físico urbano, consumen agualuzservicios públicos básicos y congestionan las ciudades”. Ello por no hablar de la conflictividad social (próximo punto), el aumento del narcotráfico, la violencia, los problemas domésticos… La vida en espacios urbanos feos e inhumanos, donde la naturaleza brilla por su ausencia, provoca más desolación, más depresiones, más violencia social, más falta de esperanza…

ll) Conflictividad social. Cuando la parte adulta de una sociedad abandona el lugar de residencia, los ancianos y los niños son muy vulnerables. El desastre social que conlleva la migración pasa muchas veces desapercibido porque, precisamente, las zonas rurales son invisibles a los medios de comunicación y a la clase y elite política. Pero esos problemas no dejan de estar ahí y siempre acaban manifestándose provocando dramas familiares, sociales y hasta nacionales. Según Juan David Sempere, de la Universidad de Alicante, “en numerosas ocasiones los padres y sobre todo las madres dejan a sus hijos en la región de origen para ir a cuidar personas en los países ricos (care drain) o a trabajar donde puedan/encuentren. El alejamiento forzado de los padres puede causar la desestructuración de las familias y conflictividad social en los niños llegados a la adolescencia”. Se sienten abandonados. Todo ello se reproduce de forma virulenta en algunas zonas y barrios cuando esos niños van a  vivir con sus padres a la ciudad en edades más adultas. “Por su parte”, insiste el experto, “el dinero fácil de las remesas puede generar una inversión de valores y de escalas sociales frente a la estructura tradicional. En la región de destino las relaciones entre autóctonos y alóctonos provoca, sobre todo pasados los primeros años, conflictos de carácter étnico y cultural a los que muy a menudo se añaden las dificultades socioeconómicas. Son las cuestiones de integración que acaparan la mayor parte de la atención que se presta a las migraciones. Desde los años sesenta se han puesto en práctica sistemas de integraciónbasados en el grado de reconocimiento de las culturas inmigradas”.

Redacción
(Un trabajo conjunto de varios redactores de The Ecologist)

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